Voy a empezar por la historia de Lolo, que ejerce de rey indiscutible de la casa.

Lolo no es una mascota... es un quitapenas, una alegría, un motivo de felicidad. Mi hija mayor, María dice que si quieres conseguir algo en esta casa "tienes que ser pequeño, peludo y llamarte Lolo" sino nada de nada.

Llegó en el peor momento de mi vida, en aquellos días mi madre sufrió una trombosis y fallecería tras seis meses de continuas complicaciones... El "hombre de mi vida" desapareció sin ninguna explicación, y no es literal el termino desaparecer, es que de la noche a la mañana "si te he visto no me acuerdo", no volví a saber nada de él hasta mucho tiempo después... Yo estaba destrozada, sólo quería morirme, nada llenaba mi angustia y mi vacío.

Una amiga me repetía continuamente que lo que yo necesitaba era alguien que me quisiera y un frío día de Diciembre apareció con un cachorrito gordo, que nada más verle me conquistó el corazón. Ese día no hice nada de nada, ni siquiera tendí la ropa que estaba lavada dentro de la lavadora, sólo pendiente de aquella cosita tan linda y amorosita.

Fue y sigue siendo mi alegría y la de mi familia. Mi padre (95 años) y que vive en casa desde que falleció mi madre le adora y tienen una enorme complicidad . Él es una persona reservada, que habla poco y a veces me sorprendo porque creo que está hablando sólo y resulta que tiene una conversación de lo más amena con Lolo, conversación que no tiene conmigo por supuesto. Lolo es su debilidad y su terapia contra la depresión.

 

 

Para mi madre también fue muy positivo. Como dije, estuvo seis meses incapacitada, sólo movía un brazo, alimentada por sonda nasogástrica y con una bolsa de colostomía... estaba en un sanatorio privado de crónicos, casi como en un hotel, pero realmente era un hospital, así que ¡¡¡ ni pensar en entrar con un perro!!!

Mis hijas y yo actuabamos como si de una operación de los comandos especiales se tratara. Una iba delante controlando que estuviera el camino libre. Luego yo, con Lolo metido dentro de un bolso y por último la otra, vigilando la retaguardia.

Le poníamos a Loliño en el regazo y ella intentaba acariciarlo con la mano que movía, lo hacía de una forma muy bruta pero a Lolo parecía no importarle, se quedaba quietecito. Cuando por algún motivo no lo llevabamos, preguntaba insistentemente por él. Al empezar a crecer ya le estorbaba, decía que le pesaba mucho, pero no le quitaba ojo mientras jugaba por el suelo de la habitación.

Tenemos muchísimas anécdotas de Lolo, como ves, es uno más de la familia y ejerce como rey indiscutible de la casa... bueno ahora el protagonismo tiene que compartirlo con el conejito Amadeus y en vacaciones con las mascotas de mi hija pequeña Lulú y Lúa, pero él sabe que es único y que todos en casa le queremos muchísimo.

 

Un abrazo:
María José

 



 

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Historia contada por Mª Jose
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